Escrito por Anjana Meza, miembro del Consejo Editorial de Conexión Ambiental.

28 días después es una película británica de terror estrenada en 2002 y es considerada como una de las mejores películas de zombies.  Aparte de contar con una buena trama y caracterización de los personajes, esta película puede servir de reflexión acerca de una problemática vigente en nuestros días: la experimentación en animales.

Esta película comienza con una escena, donde vemos a un grupo de activistas defensores de los derechos de los animales que llegan a un laboratorio de investigación de Cambridge para liberar a los chimpancés que eran utilizados para los experimentos que ahí se practicaban. Los científicos que trabajaban en dicho laboratorio querían crear un antídoto contra el enojo y violencia del ser humano, pues tiempo atrás habían sufrido un ataque terrorista. Para ello, realizaron una mutación del virus del ébola que fue inyectado en los chimpancés para analizar los resultados. No obstante, los efectos fueron adversos, en lugar de reducir los niveles de violencia, se causó un aumento desmesurado de la misma: un estado de furia psicótica incontrolable.

Los activistas no tenían conocimiento de ello cuando irrumpieron en el laboratorio. Los científicos les dijeron que no liberaran a los chimpancés que servían para el experimento porque eran muy agresivos, y tenían una enfermedad contagiosa. Los activistas no les creyeron y terminaron por abrir las jaulas donde estaban los chimpancés, quienes los atacaron y les transmitieron el “virus de la rabia”, el cual los convertía en zombies. Así, se dio inicio al contagio masivo en todo el país. 

Tal como se aprecia en el inicio de esta película, la causa se sitúa en la modificación genética de un virus como el ébola, el cual fue experimentado con un chimpancé, el animal más cercano al ser humano.

¿La experimentación en animales se encuentra justificada?

En un debate organizado el 2019 por los Estudiantes por la Lucha Animalista de la Universidad Pompeu Fabra (UPF)[1], se presentaron dos propuestas: una a favor y otra en contra de la experimentación en animales. Entre los que estaban a favor, mencionamos la postura de Juan Martín Caballero, director del animalario del Parque de Investigación Biomédica de Barcelona (PRBB). Para él, la experimentación en animales resultaba necesaria para el avance de la investigación biomédica, pues de otra forma no sería posible. De igual forma, Sergi Vila, miembro de la European Animal Research Association (EARA), se mostró a favor de continuar con las experimentaciones en animales y dijo que la utilización de los animales para estos fines (800.000 ejemplares al año en España) era mucho menor que la cantidad destinada para la industria alimentaria (824 millones en el mismo período y lugar).

Entre los que estaban en contra de la continuación de estos experimentos, encontramos a Fabiola Leyton, miembro del Observatori de Bioètica i Dret de la Universidad Politécnica de Barcelona, quien señaló que, en caso no se prohibiera esta experimentación, se debería implantar una regulación y un control estricto de esta práctica, sobre todo, para evitar el sufrimiento animal. Por su parte, Eze Paez, miembro del Centre for Animal Ethics de la Universidad Pompeu Fabra (UPF), quien también se encuentra en contra de la experimentación en animales, señaló que estábamos frente a un caso de especismo por creer que los intereses de los animales que son utilizados para la experimentación son menores en comparación con los intereses humanos.

Considerando ello, es cierto que la experimentación en animales puede apoyar en el avance de la ciencia. Sin embargo, el costo que esto implica no es insignificante. Los animales se encuentran expuestos a enfermedades letales, así como a vacunas y medicamentos que los afectan. El ser humano puede no tomar en consideración los efectos de ello y terminar por crear las “enfermedades de laboratorio”, producto de la mutación genética del virus o bacteria introducida en el animal y las reacciones propias de este. 

Ahora bien, debemos tener en cuenta que pueden existir maneras menos gravosas para evaluar la eficacia de un medicamento, tratamiento o una cura para alguna enfermedad. Una opción interesante sería la utilización de simuladores y programas de evolución que se suelen trabajar en carreras como Ingeniería Biomédica. Antes, no hubiera sido concebible la creación de un órgano funcional humano a través de una máquina, pero hoy ya es una realidad [2]. La ciencia debería evolucionar, pero por sí misma y hacer uso de las invenciones que se generan en el ámbito de la ingeniería biomédica. De esa forma, no se tendría la necesidad de realizar pruebas en animales, pues todo se podría realizar de forma computarizada o través de máquinas de simulación. Las formas alternativas deben ser trabajadas y preferidas por sobre la experimentación en animales. Por ejemplo, muchas empresas de belleza testean sus productos, ya no en animales como anteriormente se hacían, sino que ahora utilizan pruebas como  Episkin, EpiDerm y SkinEthic y la prueba 3T3 rojo neutro [3].

¿Experimentar en animales garantiza la eficacia del producto probado?

A veces la cura puede ser peor que la enfermedad. Se puede hacer referencia a la zoonosis y a la probabilidad de que la enfermedad que se inyecta al animal pueda luego mutar y convertirse en una más letal que resulte transmisible al ser humano. También, hubo casos en los que el experimento médico funcionó positivamente en los animales, pero no tuvo el mismo efecto en los humanos [4]:

  • El Fialuridine, un fármaco antiviral, causó daños hepáticos a 7 de 15 pacientes donde fue probado. 5 de ellos murieron y 2 debieron recurrir a un trasplante de hígado. Sin embargo, el medicamento había funcionado bien en marmotas. 
  • El Clioquinol, un fármaco anti diarreico, había resultado positivo y seguro en las pruebas en ratones, gatos, perros y conejos. En 1982 debió ser retirado en todo el mundo porque es responsable de ceguera y parálisis en los seres humanos.
  • El Opren, un fármaco contra la artritis, mató a 61 personas. Se han documentado, además, más de 3.500 casos de reacciones graves a su administración. El medicamento fue experimentado en simios sin causar problemas.
  • El Surgam, otro fármaco contra la artritis, fue estudiado para brindar protección al estómago para prevenir las úlceras, un efecto secundario común a estos fármacos. No obstante su éxito en los animales experimentados, su efecto provocó úlceras en los pacientes humanos”. 

En conclusión, la ciencia debe evolucionar y ella misma reinventarse. Experimentar con animales es, muchas veces, tentar a la suerte. Un científico puede tener la buena intención de encontrar la cura para una enfermedad letal o solucionar algún problema del ser humano y, por ello, decidir experimentar en animales. Sin embargo, está latente la posibilidad de que este experimento salga mal y se genere una enfermedad mucho peor que afecte no solo al animal objeto de la experimentación, sino a todo ser humano y llegar a tragedias sanitarias nacionales o mundiales que tal vez no desaparezcan 28 días después. 

Bibliografía:

[1] El-lipse. (2019). Debate sobre la experimentación animal. Recuperado el 30 de octubre de 2020 de https://ellipse.prbb.org/es/debate-sobre-la-experimentacion-animal/

[2] Infosalud. (2019). Crean los primeros órganos humanos transparentes gracias a una impresora 3D. Recuperado el 30 de octubre de 2020 de https://www.infosalus.com/salud-investigacion/noticia-crean-primeros-organos-humanos-transparentes-gracias-impresora-3d-20190424165040.html

[3] El Definido. (2013). Belleza sin crueldad: cómo frenar el testeo de cosméticos en animales. Recuperado el 30 de octubre de 2020 de https://eldefinido.cl/actualidad/mundo/1140/Belleza_sin_crueldad_como_frenar_el_testeo_de_cosmeticos_en_animales/

[4] Anima Naturalis. (s/f). Cincuenta desastres de la experimentación en animales. Recuperado el 30 de octubre de 2020 de https://www.animanaturalis.org/p/1402/cincuenta-desastres-de-la-experimentacion-en-animales